miércoles, 15 de junio de 2011

mujeres

     Y de repente... Estaba todo bien. ¿Como? No me pregunten-- Simplemente todo estaba en orden, y no digo nuevamente en orden, porque nunca lo había estado antes. Pero ahora sí, las cosas estaban en su lugar y dependía solo de mi el volver a desacomodarlas. No tardé en ponerme en acción. Busqué para mi el elemento mas desestabilizador que pude: Una mujer. Y efectivamente, pronto llegaron mil enredos. A todas horas iba y venía, bajo la lluvia o a mitad de la noche: Al punto recuperé mi felicidad.
     Para darle gusto moví montañas, y si no las podía mover, le pagaba a alguien para que las mueva. Nada le era suficiente, ¡era la indicada!
     Buscando alguno de los regalos; que se habían convertido en parafernalia obligada de nuestro amor, me descubrí en el espejo de un local de ropa: Bien afeitado, flaco, sonriente, empujado por una fuerza que surgía de adentro mío, pero era mucho mas fuerte que yo. La amé, me amé. Era feliz otra vez, en el desorden. En su desorden.