Colores. Manaban de las ventanas como rayos de sol. Haciendo rebalsar la habitación de brillo y luminosidad, los haces de luz exaltaban hasta el ultimo rincón olvidado, llenándolo todo de vida una vez más.
Un masivo rugido superó nuestras voces. Nos dejo moviendo los labios sin aparente resultado. Mientras quedábamos silenciados, el furioso estertor se elevó en potencia y tonalidad; volviéndose un filoso silbido aun mas ensordecedor.
A la par del silbido, las vetas de color que nos envolvían se tornaban más y más cálidas. El ruido se volvía agudo y el color, antes azulado, con tintes violáceos, era ahora rojo, naranja, amarillo. Como nuestras voces, la vista se nos velaba. El resplandor quemaba retina, lastimaba cornea, desviaba mirada.
Antes de saberlo, pues todo lo anterior sucedió en cuestión de segundos, nos encontrábamos en un torbellino indescriptible. No eran imágenes lo que veíamos, ni sonidos lo que escuchábamos. Todo era nuevo, desconocido. De pronto, alguien encontró al duende con su olla de oro.