domingo, 31 de julio de 2011

                        Me senté con los ojos cerrados y el sol en la cara. No veía nada pero un calor simpático me llenaba el cuerpo y sonreí. Un adorno colgante me rozó la cara y me acordé de una caricia. Me alegré mucho de acordarme. La sonrisa se convirtió en una risa de satisfacción, y se me escapó una lágrima. Me alegré de que se me haya escapado, y la dejé donde estaba para que se seque con el sol. Que se evapore de mí y solo quede la sal. Me dije que solo puedo morir porque antes estuve vivo; y que si soy salitral y calma es que antes fui mar y tormenta, y me pensé victorioso, de tanto que había perdido.
                        Busqué a ciegas esa caricia que me rozaba la piel y me acordé otra vez, pero no fue el adorno lo que me hizo acordar. Todo nuevo y todo otro era yo a la luz de este mismo sol de antes. Y el mismo roce fue también otro nuevo.